terça-feira, 21 de abril de 2015

Gaia y el valor del descanso


La Madre Tierra es una maestra brillante y ella se nos muestra constantemente, pero, al parecer Gaia tenía una sensibilidad especial  para aprovechar sus enseñanzas y así irse convirtiendo en una niña muy sabia a sus cortos años.
Lógicamente que en este camino, contaba con  ayudantes maravillosos que le ayudaban a descifrar muchas cosas que a veces saltaban delante de sus ojos  como grandes descubrimientos y que le serían útiles para toda la vida: su familia.
Aun con toda esa sabiduría, pasados algunos meses le era difícil a la pequeña ajustarse a la llegada de su  hermanito Inti. José y María se daban cuenta que la pequeña trataba de todas las formas de llamar la atención, sobre todo de María
-          José, me estoy sintiendo un poco cansadita. Inti  absorbe gran parte de mi tiempo y atención y cuando creo que voy a poder descansar un poquito porque el bebé se durmió, viene Gaia y quiere que juegue con ella, que le cuente cuentos, que salgamos juntas a caminar. ¿Tú crees que ella entenderá si le digo que estoy cansada y que quiero estar tranquila un poco? – Preguntó María, aprovechando uno de los pocos instantes durante el día en que los dos hijos estaban descansando.


-           María, yo creo que no está siendo nada fácil para nuestra hija acostumbrarse al hecho de tener un hermanito. Antes tenía toda nuestra atención y ahora ella comprende que estamos multiplicando nuestro tiempo, cariño y cuidados. No te preocupes, mañana voy a conversar con ella – Dijo José, lleno de comprensión y ternura mientras acariciaba los cabellos de María. Él no sabía si ella había escuchado o no lo que él había dicho, pues cuando termino de hablar, ella ya dormía.
Al día siguiente, muy temprano, antes del día amanecer, José se levantó y fue hasta el dormitorio de Gaia y la despertó.
-          Vamos, despierta, tenemos muchas cosas que hacer – dijo mientras le hacía cosquillitas en la barriga.

-          Papá, es muy temprano y estoy con mucho sueño, déjame dormir.


-          ¡No! Tenemos muchas cosas que hacer. Vamos, vístete que yo te ayudo.
El papá cogió la ropa de Gaia y la ayudó a vestirse mientras ella no acordaba muy bien todavía. La llevó al baño le lavo la cara, la peinó, le cepilló los dientes con mucha delicadeza y cariño, todo esto mientras ella despertaba poco a poco.
-          ¡Vamos a tomar desayuno!

-          Papá estoy con sueño, déjame dormir ¡por favor!
-          Vamos Gaia- dijo el padre mientras le preparaba una taza de leche, le cortaba algunas frutas y le tostaba un pedazo de pan – Aliméntate bien, pues el día será muy largo.
Ya un poco más despierta, Gaia y su padre salieron de la casa cuando los primeros rayos del sol estaban clareando el día y fueron hasta el gallinero. Gaia se dio cuenta de que no había el ruido habitual, que se escuchaban pocos cacareos y que el gallo ya había empezado a cantar.
-          ¡Te das cuenta papá! hasta las gallinas están durmiendo y yo estoy aquí contigo.

-          ¡Vamos a ver los otros animales!- exclamó el papá animado.
Y así lo hicieron sin encontrar gran movimiento, pues apenas estaba comenzando el día. Las vacas, los caballos, los puercos y los otros animales estaban comenzando lentamente a despertar.
-          ¡Vamos a ver las plantaciones! Dijo el papá mientras caminaba animado

-          Papá, estuvimos ayer allá, ¿Qué puedo ver de nuevo?


-          ¡Siempre hay algo nuevo!  Nunca se ve dos veces la misma cosa, nada es nunca igual ¡Todo cambia! Hija mía, la Madre Tierra siempre nos sorprende, pero no todas las personas consiguen ver los regalos que ella nos da. Para algunos simplemente un día es igual a otros tantos, para otros pocos ella siempre hace nuevas todas las cosas- Gaia no dijo nada, pero nunca se olvidó de estas palabras de su padre.
Llegando a la plantación José se sentó delante de una parte de la tierra que no estaba siendo cultivada. Mientras las otras partes del suelo habían sido sembradas y producían frutos, esta  porción de tierra sólo recibía los cuidados diarios de José. La pequeña también se sentó, sin entender muy bien lo que pasaba.
-          ¿Te das cuenta que esta tierra no fue plantada y por lo tanto este año no dará frutos?-  preguntó José.

-          Papa, no has plantado nada en ella, sin embargo, me recuerdo que el año pasado en este pedazo de tierra plantamos zanahorias y fue muy generosa con nosotros

-          ¡Muy buena memoria Gaia! no porque esta tierra no esté plantada es que no está produciendo, ella no dará frutos para nosotros, pues toda su fuerza y vitalidad son para ella misma. Así como ella fue muy generosa con nosotros el año pasado, con todo el respeto y cariño yo la estoy cuidando este año. Algunos vecinos que miran esta tierra sin producir, la ven como inútil. ¡No existe eso! toda tierra es absolutamente necesaria. Esta tierra durante este año está descansando.
El próximo año vamos a plantar en ella otra cosa, no zanahorias y otra parte de la tierra va a descansar. No sé si te has dado cuenta, pero es este pedazo de tierra el que más cuido, al que más tiempo le dedico, el que abono con más cuidado.
-          Nunca había pensado de esa forma papá, entonces ¿la tierra necesita descansar?- preguntó Gaia.
-           
-          No sólo la tierra, respondió José, todo y todos necesitan descansar conforme su necesidad. No se trata de un tiempo perdido, de un tiempo inútil es un tiempo de preparación. Conseguimos trabajar y vivir con salud si cuidamos de nuestros momentos de descanso. Uno de esos momentos importantes es en el que dormimos.

-          ¡Entendí! Por eso tú y mamá me hacen ir a dormir temprano y no me dejan quedarme despierta hasta tarde, para que así pueda descansar bien… ¡y por eso hoy me despertaste temprano, para que viese cómo es importante dormir y que toda la creación también tiene su tiempo de descanso!

-           
-          ¡Exactamente pequeña!- dijo el papá, satisfecho con las respuestas de Gaia- ahora déjame preguntarte ¿Cómo crees que está siendo el descanso de tu mamá?
La niña se detuvo a pensar por algunos instantes y luego respondió
-          Creo que ella no está descansando mucho, pues continua con todas las actividades que ya tenía y ahora está multiplicando su tiempo, amor y dedicación para cuidar también de Inti. Creo que ella debe estar un poco cansada.

-           Tú no lo sabes, pero cuando eras un bebé despertabas llorando varias veces por la noche y demorabas bastante para dormir de nuevo. Entonces tu madre también despertaba e iba a cuidarte hasta que durmieses de nuevo.
Cuando tus dientes estaban naciendo me recuerdo que varias veces tu mamá pasó gran parte de la noche despierta, pues te incomodaban mucho. Con tu hermanito no está siendo diferente.

-          ¿Cómo puedo colaborar para que mamá pueda descansar? Yo trato de cuidar a mi hermanito y ayudar en lo que puedo.

-          Pequeña, yo creo que tanto tú como yo debemos colaborar para que tu madre pueda descansar más y mejor. Hoy has aprendido sobre la importancia del descanso, has entendido que es un tiempo de preparación, de reposición; es el momento donde recuperamos nuestras fuerzas para poder servir más y mejor.
 Vamos a hacer lo siguiente; siempre que Inti esté quietecito o durmiendo vamos a ayudar a que mamá pueda descansar; tratemos de dejarla solita y en silencio. Es una forma de demostrarle cuanto la amamos.

-          Papito, sé que algunas veces no he dejado a mamá descansar lo suficiente, pues cuando Inti duerme yo quiero que ella sea solo para mi, entonces le pido que juegue conmigo, que me lea historias o que salgamos a pasear.

-          Mi amor, ella no será sólo para ti, tienes que multiplicar ¿Te recuerdas? Aprende con la generosidad de la Madre Tierra que se multiplica para todos. Vamos a hacer un trato: cuando mamá esté descansando puedes ir donde yo esté,  que te contaré historias y jugaremos juntos. ¿podemos hacerlo de esta forma?

-          ¡ Claro que sí papa! ¡Me gusta mucho estar contigo! ¿Puedo ayudarte hoy en tus labores?

-          ¡Claro que sí hijita! ¿Vamos?

-          ¡Vamos! - Y fueron juntos a trabajar hasta la hora del almuerzo. No le contaron nada a María sobre lo que había pasado.

A partir de ese día Gaia fue más consciente y respetuosa del tiempo de descanso de los otros y del proprio; entendiendo, por ejemplo, la importancia de tener una buena noche de sueño. María, por su parte, se dio cuenta de que algo había cambiado.

segunda-feira, 20 de abril de 2015

La pequeña Gaia aprende la otra parte del cuidado


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Un día Gaia despertó más temprano que de costumbre y fue inmediatamente hasta dónde estaba su hermanito Inti para esperar que abriese los ojitos, como lo hacía todos los días; fueron pasando los minutos y nada de Inti despertar y como la paciencia no es una de las virtudes de nuestra amiga, se aburrió de esperar y decidió ir hasta la cocina, pues estaba con un poco de hambre.
En el camino se fue dando cuenta que el día estaba apenas comenzando y que , por lo tanto, nadie en la casa había acordado todavía, lo que le pareció una excelente oportunidad para demostrarle a sus padres como ella ya era grande y responsable, además de independiente. Para esto  estaba dispuesta a prepara ella misma su desayuno.
Entró en la cocina y el primer obstáculo que debía enfrentar era alcanzar la altura para poder encender la luz,  estaba oscuro, entonces no consegía ver dónde estaban las sillas de la cocina, las cuales le podrían servir de ayuda. Entonces fue hasta la sala y cogió un gran almohadón, lo colocó en el suelo y subió sobre él, entonces se dio cuenta de que la altura aun no era suficiente. Volvió a la sala y trajo otro gran almohadón el cual colocó sobre el anterior y luego se encaramó con dificultad y ahora sí pudo encender la luz.
El segundo paso sería alcanzar su tazón que estaba encima del armario, para eso le pareció que ahora podría usar una silla. La arrastró con dificultad y se subió encima, se puso en punta de pie y consiguió alcanzar su tazón, sin pensar en el peligro que estaba corriendo. Encima de la silla y con el tazón en la mano se dio cuenta que la dificultad ahora sería bajar de la silla sin dejar caer el tazón, por lo cual, necesitaría de atención y cuidado; entonces sujetó firme la taza con una mano y con la otra se apoyó para poder bajar; el balance era que, hasta el momento, no había sido tan difícil.
Silenciosa fue hasta la huerta y cogió unas frutas para comer, luego, volviendo a la cocina, su intención era lavar las frutas, sin embargo, más una vez el problema de la altura en que estaba la llave de agua no le permitía ejecutar esta misión sin la ayuda de la silla. Así lo hizo, sin darse cuenta una vez más, de los peligros que estaba corriendo.
Ya tenía la taza, las frutas lavadas, ahora faltaba la leche. Ella sabía que si su padre no había despertado todavía, aun no había ordeñado la vaca, pero también sabía que siempre dejaba  un poco almacenado en el refrigerador; esto sería lo más fácil, pues ella conseguía abrirlo, con lo que ella no contaba era que la jarra con leche estaba en la última bandeja, la cual era demasiado alta , incluso si se ayudase de la silla.
Llevó la silla hasta el refrigerador y después de subir en la base, ella se encaramó en el respaldo para poder alcanzar la jarra; No fue tan difícil, aunque le dio un poco de miedo y no fue tan fácil equilibrarse. Ya había cumplido con su objetivo cuando entró su madre en la cocina, pues había despertado, ido en busca de Gaia y sentido falta de ella en su dormitorio; al sentir ruido en la cocina supuso que la pequeña estaba aquí. Al ver la escena de la niña sobre el respaldo de la silla con la jarra en la mano, la madre no contuvo el grito de espanto:
-          Gaia  - Con lo que la niña dejó caer la jarra, se desequilibró y habría caído si no fuese que su madre consiguió sujetarla.
La pequeña estaba muy asustada por lo que había sucedido y por el grito de su madre, con lo que se puso a llorar. Con el ruido del grito y el llanto de Gaia, José despertó alarmado y fue a ver lo que pasaba.
-          ¿Que le pasó a Gaia, María? – preguntó preocupado.
-          Ha sido imprudente y no ha obedecido, pues ya le hemos dicho muchas veces que es peligrosos que se suba en las cosas, que siempre debe pedir ayuda y  esperar a que los adultos la supervisen – dijo María notoriamente enojada
-          ¿Por qué has hecho eso, Gaia?
La niña no conseguía hablar pues continuaba llorando y sollozando, mientras María barría los restos de vidrio y secaba la leche que estaba en el suelo. El padre se aproximó, la abrazó y esperó que se calmase. Cuando ya estaba más tranquila explicó:
-          Yo soy grande, sé hacer las cosas sola, no necesito de la ayuda de ustedes, pues ya no soy más un bebé. Desperté temprano y estaba con hambre, entonces vine a preparar mi desayuno. Lo que pasa es que mamá ya no me quiere más, ella sólo quiere a inti y por eso ella pelea conmigo – dijo la niña con los ojos llenos de lágrimas. La madre al oír esto se aproximó a Gaia y la abrazó.
-          Hija, aun cuando seas adulta vas a necesitar de pedir ayuda a las otras personas. Cuando crezcas podrás hacer muchas cosas sola y para otras tantas necesitarás de nosotros. Me enojé contigo, por causa de tu desobediencia, es verdad, pero fue mucho más el miedo que sentí pues estabas en peligro; pues cuando amamos cuidamos.
Hay una dimensión del cuidado que no es tan fácil de entender, hija mía. Muchas veces vamos a percibir el cuidado como una llamada de atención, como un regaño o como un castigo. En esos momentos tú vas a decir “es que mis papás no me quieren, por eso llaman mi atención” cuando lo que sucede en realidad es que, por el amor que tienen por ti, ellos deben cuidarte y lo que es más difícil, debemos enseñar a que tú te cuides sola.
Quiero que sepas ,Gaia, que  cuando tu papá o yo tenemos que llamar tu atención y tú te pones triste, a nosotros nos duele mucho, pero es necesario.
-          Mamá – dijo Gaia- discúlpame, es que a veces es difícil entender el cuidado. Trataré de ser más obediente y cuidadosa y no me voy a encaramar en las cosas, pues si hoy no me hubieses sujetado, me habría caído y machucado.
Mientras ellas conversaban, el papá ya había ido a ordeñar la vaca y entró en la cocina trayendo la leche fresca y calentita. Madre e hija estaban abrazadas y Gaia había aprendido más una lección.
-          Tomemos desayuno rápido, antes que Inti despierte – Dijo María
-          ¡ Guaaaaaa, Guaaaaaa! – se escuchaba el estruendo en la casa

-          ¡Demasiado tarde! Exclamó José.

domingo, 19 de abril de 2015

Gaia: Saber cuidar


Como la mamá se lo había prometido, pasó el invierno, llegó la primavera y en una mañana de aquellas en que, en las primeras horas del día, todo está cubierto de rocío, Gaia despertó con una agitación extraña en la casa. Vio a su padre salir a caballo ansioso y a su madre sentada en la sala en un gran almohadón frente a la ventana desde donde se podía contemplar las montañas y  el bosque. Cuando la niña se aproximo a su madre, ella le anunció:
-          Tu hermanito va a llegar – Aunque no sabía si sería niño o niña, la mamá tenía en el corazón la seguridad de que sería un varón.
Gaia simplemente se arrodillo y comenzó a hacer cariño y a besar la barriguita de la mamá.
-          Serás muy bienvenido  - le dijo con dulzura.
Poco tiempo después estaba su padre de vuelta y casi enseguida llegó la partera, la misma que había traído a Gaia al mundo.
-          Cómo has crecido Gaia ¡Que Dios te bendiga! - Dijo la vieja mujer mientras la niña le besaba las manos, tal como sus padres le habían enseñado.
La mujer saludó a María y juntas entraron en la habitación, mientras José y Gaia esperaban andando por la casa de un lado para otro sin poder esconder la ansiedad. Juntos salieron al bello jardín y en silencio hicieron sus oraciones a la Madre Tierra, quien ya los bendecía con un día maravilloso.
Unas horas después  Isabel, la partera, se asomó a la puerta del dormitorio para anunciar que había llegado al mundo un bello varón. José abrazó  a su hija y la giró repetidas veces con una alegría indescriptible.
-          ¡Un hermanito Gaia! ¡ Un hermanito! Has ganado un compañero
Rápidamente entraron en el dormitorio y vieron a María radiante y tranquila, con el pequeño en los brazos. José se arrodillo al lado de la cama y besó la mano de Maria.
-          Gracias María por este nuevo regalo que me das.  Gracias por hacer posible el milagro de la vida. ¡Te amo!- José decía esto mientras una lágrima rodaba por su mejilla
-          Este milagro es tan tuyo como mío José ¡Te amo! – Dijo María con una serenidad envidiable.
Gaia se aproximó a su madre y delicadamente le dijo lo que estaba llenando su corazón
-          ¡Te amo mamá! ¡Bienvenido hermanito! Dijo la niña acariciando delicadamente la mano del bebé.
José, María y Gaia cumplieron con el ritual de besar las manos y agradecer a Isabel, quien lloraba silenciosa y conmovida al ver el cariño que reinaba en esta familia.
-          He traído a muchos niños al mundo, conozco muchas familias, pero sin duda, desde el momento en que entro en este hogar, mi corazón se llena de algo diferente. Es una familia especial.
Me siento honrada de haber traído a este mundo a Gaia y ahora a este pequeño. Algo me dice en el fondo de mi corazón de que ambos harán de este mundo un lugar mejor.

-          Su nombre será Inti, que representa el sol para los incas – Dijo José - Escogimos este nombre junto con tu madre de la misma manera como escogimos el tuyo Gaia, pensando en aquello que soñamos para nuestros hijos: que sean felices y aprendan con la naturaleza, nuestra gran maestra
-           
-          Me gusta ese nombre – dijo Gaia.
 Isabel luego se despidió y se fue de prisa, pues nunca sabía cuando otra mamá la iba a necesitar; José , por su parte, fue a dedicarse a los cuidados de la familia pues hoy le tocaba preparar la comida para su hija y su esposa; Gaia por su parte, no salía del lado de Inti y de su madre.
-          Voy a amamantar por primera vez a tu hermanito – anunció María mientras la pequeña acompañaba todo con mucha atención.

-          ¿También me alimentaste así mamá? – preguntó curiosa

-          ¡Claro que sí Gaia!  Dijo la mamá con una sonrisa.
Desde ese momento era muy raro que la pequeña se separarse de Inti. Al llegar la noche, ella era cargada ,ya dormida, por José hasta su cama cuando caía en el sueño, siempre al lado de su hermanito. Al día siguiente despertaba muy temprano y ya iba a estar al lado del pequeño para esperarlo despertar.
No era necesario que María le pidiese que cuidase de su hermano cuando ella se levantaba para alguna cosa, pues Gaia parecía que entendía perfectamente cual era su misión. José y María pensaron que sería sólo por los primeros días, por causa de la novedad; sin embargo, las semanas fueron pasando, María volviendo lentamente a retomar sus actividades y Gaia siempre atenta a  su hermanito.
Era una relación de responsabilidad muy natural que nacía de la niña y que le causaba una gran satisfacción, lo que fue llamando la atención de María y José, quienes querían entender que es lo que su hija estaba pensando y sintiendo.
En una tarde, mientras estaban a la mesa tomando un delicioso té de hierbas que María había cogido en el jardín,. decidieron preguntarle a la niña.
-          Gaia ¿ Qué te está pareciendo tener un hermanito? ¿Te gusta cuidarlo? ¿Te sientes responsable por él?- Preguntó María.
La chiquita permaneció en silencio por algunos segundos, como quien está ordenando los pensamientos y luego dijo:
-          Mamá, lo que hago con mi hermano es aquello que más he aprendido de ustedes, CUIDADO. Yo cuido de mi hermanito de la misma forma en que ustedes cuidan de mí, como mi papá te cuida, como tú cuidas de papá. Cada uno vive por el otro, eso es amor ¿No es verdad?¿Estoy siendo una buena hermana?
José y María estaban muy felices de conseguir que Gaia se diese cuenta, de forma tan clara,  de ese amor y cuidado que reinaban en la familia; de la misma forma, se sentían asombrados con la sabiduría  de sus palabras.
-          ¡Claro que sí Gaia! – respondió José – Sabemos que estás haciendo lo mejor que sabes hacer, es eso lo que nos deja orgullosos.
-          Hija mía- dijo la mamá – el cuidado es el principio de la naturaleza, lo que hacemos cuando cuidamos de nuestra familia es lo mismo que la naturaleza hace con todo y con todos ¿Te has dado cuenta de lo que la gallina hace con sus pollitos? ¿de lo que la yegua hace con sus potrillos? ¿De lo que la gata hace con sus cachorritos? Es el cuidado y la dedicación que la madre tiene con sus hijos.
-          Yo cuando cuido de la tierra – dijo José- estoy retribuyendo un poco del inmenso cuidado que ella tiene por todos nosotros. Cuidamos de la naturaleza porque es una forma de agradecer por el cuidado infinito que ella tiene por nosotros. Somos responsables por ella, así como ella es por nosotros.
-          El secreto de la vida es saber cuidar – sentencio María, mientras se levantaba y besaba a Inti, a Gaia y a José.

Con mucho amor y cuidado, la vida de esta familia era cada vez más feliz y plena.

sábado, 18 de abril de 2015

Gaia: aprende a multiplicar.


La pequeña Gaia esperaba ansiosa la llegada de su hermanito o hermanita, ya no preguntaba más sobre cuánto tiempo faltaba, aunque las ganas estaban siempre allí; su madre le había explicado que nacería después de que el invierno pasase.
Si hay algo que no se detiene, es el tiempo. El invierno fue pasando y la familia fue aprovechando para los preparatorios del nacimiento. Los padres de Gaia decidieron no querer saber si era un niño o una niña, pues lo que la Madre Naturaleza mandase, ciertamente, sería lo mejor. María tejía la ropa ahora no sólo de Gaia, sino también del futuro miembro de la familia; José hacía juguetes no sólo para Gaia, sino también para su hermanito o hermanita. Todo esto no dejaba a la pequeña
Cuando llegó la primavera la pequeñita sabía que la hora se aproximaba, además, el tamaño de la barriga de María revelaba que se aproximaba el momento. Todos los días Gaia reservaba una parte de su día para acariciar y conversar con el bebé que estaba por llegar; de la misma forma, al final del día, José reunía a todos en algún lugar de la casa para contar un cuento que él decía que ya no era sólo para Gaia, sino también para el nuevo miembro de la familia. Eso era más un motivo para dejar a la pequeña con una pulguita atrás de la oreja.
Un día de esos, Gaia salió a caminar por la parcela en compañía de Cronos, uno de los perros con los que jugaba y conversaba desde que tenía consciencia.Caminaron hasta la huerta y se sentaron bajo un árbol. Gaia estaba pensando, de la forma toda especial en que piensan los niños de su edad, como iría a ser tener a alguien con quien dividir la atención del papá y de la mamá; cómo iría a ser la sensación de no ser la ya la única niña en casa, como iría a ser tener que dividir las cosas. Pensaba todo esto mientras acariciaba a Cronos y sin saber que desde lejos era observada por María.
Después de algún tiempo ella volvió a casa y durante el resto del día se le notaba pensativa, preocupada. Un poco después del almuerzo se aproximó a su madre y acariciando al bebé le preguntó
-¿Vas a tener amor suficiente para nosotros dos?
- ¡Claro que sí! Respondió la madre con una sonrisa en el rostro que en parte demostraba la gracia que le había causado la pregunta y en otra la preocupación que le produjo. La madre comprendió que era esto lo que afligía a la niña y lo comentó con José, quien inmediatamente fue pensando en la forma cómo podría explicarle a Gaia sobre la necesidad de saber dividir con el nuevo miembro de la familia.
Más o menos a las cinco de la tarde, la niña oyó el llamado insistente de su padre
-          Estoy aquí papá - Dijo la niñita levantándose de un salto, pues estaba recostada sobre Cronos, mientras jugaba con unas hojas secas de diferentes tamaños y formas que había recogido en el patio y guardado en una caja.
-          ¡Vamos a pasear! Dijo José animado, sabiendo que eso le iba  a encantar a su hija.
-           ¿Dónde vamos papá?
-          Ya lo verás
Y  salió el padre junto con su pequeña no sin antes despedirse de María. Fueron caminando al principio como sin rumbo, hasta que José dijo:
-          Vamos a seguir a esa mariposa- y así lo hicieron, lo que dejó a Gaia extremamente feliz.
-          - Observa Gaia- dijo José- La mariposa se posa en cada una de las flores, tiene tiempo para todas, dedica atención a todas- y se quedaron por largos instantes viendo como el bello insectos de alas multicolores se paseaba de flor en flor.
Continuaron caminando y siguiendo a la mariposa hasta llegar en una planicie donde había  muchos árboles, algunos de ellos dando frutos. Muchos pájaros iban a alimentarse de ellos,  por lo que en el lugar había una bella sinfonía de cantos de las más diversas tonalidades.
-          ¿Quién alimenta a los pájaros Gaia?
-          L a Madre Naturaleza, papá
-          ¿Ella le deja faltar algo a alguno de ellos?
-          No papá, la Madre naturaleza no le deja faltar nada a nadie, ella es siempre justa con todos.
-          ¡Bella respuesta Gaia! ¿Sabes quién plantó estos árboles aquí?
-          Tú y mamá, ¡Seguro!
-           No Gaia, fue la propia Madre Naturaleza que los hizo crecer aquí. Cuando llegamos a este lugar, donde nadie había vivido antes, nos encontramos con los árboles llenos de frutos ¿Sabes por qué no colectamos todos los frutos de los árboles y aquellos que no vamos a consumir los vendemos?
-          No sé papá
-          Porque no necesitamos hacer eso, tenemos lo suficiente para vivir felices. Si sacásemos todos los frutos, los pájaros no tendrían alimento - Fíjate, la mariposa se está alejando, ¡Vamos!  - Dijo el padre
Continuaron caminando y encontraron la cascada y el rio, donde habitualmente en los días de calor la familia venía a bañarse y a pescar. La mariposa comenzó a visitar las bellas flores que allí crecían y el padre y la pequeña se sentaron y observaron que algunas aves se aproximaban al agua o para beber o para bañarse. El padre le mostró a Gaia algunas marcas en el suelo.
-          Tú ya sabes lo que son ¿no es verdad Gaia?
-          Sí papá, me lo has enseñado desde pequeña, son las huellas de algunos animales. Esa es de un puma, esa es de un conejo, esa de un zorro – fue indicando la chica con habilidad y seguridad.
-          Muy bien Gaia, probablemente ellos estuvieron aquí ayer por la noche, vinieron a tomara agua ¿El agua está a disposición de todos?
-          Claro que sí papá, el agua es generosa, como la Madre Naturaleza, y no le deja faltar a ninguno de sus hijos.
Parecía que la educación que José y María estaban dándole a Gaia y la forma como ella estaba creciendo, rodeada de amor, dedicación de sus padres y en contacto con la naturaleza la hacían una niña especialmente sabia y que en sus palabras demostraba la madurez de una niña de mucho más edad.
-          Creo que ya has entendido- dijo el padre mientras empezaba a caminar
-          ¿ Qué entendí papá? Respondió la niña.
Continuaron caminando en silencio en dirección a la casa. Gaia se preguntaba cual era la lección que había aprendido mientras el papá esperaba el momento preciso para el cierre de esta clase magistral que la Madre Naturaleza les había brindado.
-          Gaia, con la misma generosidad con que la mariposa se posa de flor en flor y con la paciencia de las flores para esperar su visita; con la providencia con que la Madre Tierra alimenta a cada uno de sus hijos sin dejar que les falte nada y con la prudencia de los pájaros que saben dividir lo que la tierra les da. Con la humildad del agua que está disponible para que todos puedan saciar su sed.  Hija, con esa generosidad, paciencia, providencia, prudencia y humildad que nos muestra la naturaleza, es que tu madre y yo vamos a cuidar de ti y de tu hermanita o hermanito, sin dejar que les falte nada de lo que necesiten; principalmente el amor, a ninguno de los dos. Hija, el amor y el cuidado no se dividen, ellos se multiplican para poder cuidar.
Si la naturaleza cuida de todos con el mismo amor, así también tu mamá y yo vamos a cuidar de los dos dando a cada una conforme lo que necesiten. No te preocupes, pues nada te va a faltar, sin embargo vas a tener que aprender no a dividir y sí a multiplicar. Así como la naturaleza, vas a aprender a ser humilde, paciente y disponible para todos.
-          Creo que entendí papá ¿Las respuestas a todo está en la naturaleza? Preguntó la niña
-           Hay preguntas que deben ser respondidas por ti y no por mí, mi pequeña – dijo el papá.
Al entrar en casa, María los esperaba curiosa.

-          Ella está preparada para recibir a su hermanito – le dijo José.

quinta-feira, 16 de abril de 2015

Gaia: Aprender a saber esperar

Gaia sin duda era una niña diferente y privilegiada pues junto con la leche materna había recibido la enseñanza de que, el mismo amor que tenía de su madre y de su padre, lo tenía también de la Madre Tierra y este cariño y cuidado era recíproco.  Veía a diario y desde siempre el ritual de que, al despertar, después del beso de buen día entre ellos, juntos salían de la casa para besar la tierra y agradecer la vida.
Era evidente que la pequeña traía dentro de sí una sensibilidad diferente con las cosas de la tierra; parecía que estaba afinada en la misma sintonía, veía y sentía cosas que para otras personas pasarían desapercibidas. Gaia sentía conforto en el contacto con la naturaleza y tenía un cuidado y un cariño todo especial por ella. Muchas veces la pequeña prefería ir a dormir su siesta recostada sobre el pasto acariciando el suelo, en vez de en su camita.
Todo esto era explicable pues la niña aprendió todo lo que todos los niños aprenden y mucho más, pues había escuchado y visto de sus padres el cuidado, el respeto, el cariño y la gratitud con la tierra. María, desde que Gaia nació, la cargaba amarrada en una mantilla ,muy cerca de su pecho, mientras iba a la huerta a brindar atención a las plantas y a los árboles, mientras José hacía lo mismo con todos los animales.
Gaia fue creciendo y viviendo como si no hubiese hora para jugar, pues todo el tiempo era como si fuese una gran fiesta en el que participaban las flores, el viento, las hojas, los insectos y toda la naturaleza. Era la niña más feliz del universo pues tenía todo lo que necesitaba.
Pero, con el tiempo, comenzó a sentir falta de algo o de alguien.
No eran muchas las veces en que la familia salía de la parcela. No se preocupaban con el médico, por ejemplo, pues  tenían la suerte de que las vacunas y el control periódico de la salud de la familia eran hechos en la propia casa por el doctor que los visitaba una vez por mes. José y María casi ya se habían olvidado de lo que era supermercado, pues la mayoría de la alimentación la producían en la propiedad; de esta forma, dependían cada vez menos de las cosas de la ciudad.
Una vez a cada seis meses más o menos ellos se organizaban para comprar algunas cosas: género para hacer la ropa, algunos productos de limpieza e higiene, zapatos y otros implementos a las cuales aún no habían conseguido renunciar.
En una de estas idas a las compras, Gaia, que ya había cumplido tres años, se encantó al ver a otros chiquitines de su edad;  donde encontraba niños ella quería parar para conversar o jugar y fue así que José y María entendieron que ella necesitaba de un hermanito.
En una tarde fresca de domingo, sentados alrededor de la mesa conversaron con Gaia
-          Pequeña, queremos que tengas un compañero para que puedas jugar, que tengas a alguien a quien cuidar y con quien compartir tus secretos. Serás responsable por ayudarnos a cuidar a tu hermanito – Dijo el papa
-          ¿Dónde está? Preguntó la niña
-          En la barriguita de la mamá – respondió la madre
-          ¿Te lo has comido? Preguntó Gaia y los padres se empezaron a reír.
-          No hija mía, de la misma forma en que la tierra acoge las semillas y después de un tiempo nos da sus frutos porque nos ama, el amor del papá y de la mamá hacen que tu madre acoja la semilla y de aquí a un tiempo nacerá tu hermanito o hermanita
-          ¿él ahora es pequeñito y va a crecer? Preguntó Gaia aproximándose a la madre y queriendo sentir la barriguita.
-          Es igual que una semillita y va a crecer, de la misma forma que tú creciste dentro de la mamá, hasta que la barriguita quedó pequeña para ti y tuviste que salir de dentro de mi - Explicó María.
-          ¿Y cuándo va a llegar? ¿Va a demorar?
-          Por lo menos unos siete meses – dijo el papá
-          ¿Eso es mucho tiempo?
-          Depende Gaia
-          ¿No puede ser antes? Preguntó la chiquita inquieta
-          No Gaia - respondió enfático el papá.
El problema estaba formado, a partir de ese momento a cada instante que Gaia podía, preguntaba cuanto tiempo faltaba para que llegase el hermanito o hermanita. Los padres amaban muchísimo a la niña, pero no hay paciencia en el mundo que aguante escuchar la misma pregunta más de cien veces por día. Después de una semana y al darse cuenta que la situación iba a persistir, José decidió explicarle a Gaia de otra manera.
El padre salió con Gaia luego después del desayuno y fueron a caminar. Llevó a la pequeña hasta la huerta.
-          Hija coge un tomate y cómetelo
-          No papá, esta verde y pequeñito, aun falta.
-          ¿Y qué pasa si te lo comes hoy?
-          Es  comer fruta verde papá, no es rica, no es dulce - Desde bebé Gaia convivía con las frutas y plantas y las conocía mucho mejor que cualquier niño de su edad.
Continuaron caminando por la huerta y el papá de Gaia cogió semillas para plantarlas con la ayuda de la pequeña. Cuando terminaron el papá dijo:
-          Gaia, coge los frutos de las semillas que plantamos.
-          ¿ Qué? Papá, la semilla no tuvo tiempo de crecer.
-          ¡Pero yo quiero!
-          Papá, la Madre tierra no funciona así.
-          Aaaahhhhh – dijo el papá
Volvieron para la casa y pasaron el resto de la tarde tranquilamente. A eso de las cinco tomaron el café y luego el papá convidó nuevamente a Gaia para salir:
-          ¿ Vamos a andar a caballo?. Los ojos de la pequeña se iluminaron
-          ¿Dónde vamos papá?
-          Vamos a ver el ocaso
-          Pero es muy temprano papá, es mejor esperar.
-          No, yo quiero ahora. ¡Ocaso, ven! Gritaba el papá
-          Falta papá- decía la chica mientras galopaban
-          ¡Ocaso, ven! Insistía – hasta que llegaron a lo alto de una colina donde había una maravillosa vista y el padre continuaba gritando – ¡Ocaso ven!
-          Papá, sabes que hay que esperar ¡por lo menos dos horas!- pero era en vano, pues José continuaba gritando y fue así durante las dos horas, en que Gaia ya no sabía que hacer.
La pequeña comenzó a cansarse con el juego del papá y trató de correr para distanciarse, pero no hubo caso, pues el papá comenzó a correr atrás de ella gritando cada vez más alto ¡Ocaso, ven!
-          Gracias a dios llegó el ocaso - dijo Gaia.
-          Hija, ¿Te das cuenta? No depende de la cantidad de veces que grite, no depende de lo que yo quiero, mis deseos no son más grandes que los deseos de la Madre tierra. Ella tiene su ritmo, ella tiene su tiempo; como una buena madre prepara a sus hijos dentro de su vientre antes de entregárnoslos; los hace madurar, quedar bien dulce, estar listo. 
Lo mismo pasa con tu hermanito o hermanita, no depende de la cantidad de veces que preguntes, pues debes saber esperar el tiempo que la Madre naturaleza determinó como el tiempo necesario para que él esté listo. Tenemos que respetar los ritmos de la Madre Tierra – Explicó el papá abrazando a la niña
-          ¡Entendí papá! Aprenderé a esperar y a respetar los tiempos de la naturaleza.

Y entonces la Madre Tierra les regaló un bello atardecer.

Calígrafo el bolígrafo: El primer beso

Enrique se acercó para poder ayudar a María, estaba totalmente atolondrado, no sabía que hacía, que decía, si sujetaba el sombrero que se le volaba con el viento, si le entregaba las flores, si ayudaba con la cesta, si le daba un beso o si salía corriendo; de pronto, extrañamente, escucho una vocecita dentro
-          ¡La cesta!
Atinó entonces a ayudar a la joven mientras ella, aliviada al no tener que cargar el peso, se dio cuenta que tendría que dar los primeros pasos:
-          ¿Son para mí? – le pregunto a Ernesto, indicándole las flores
-          ¡Sí! ¡Claro!
-           Son muy lindas, gracias, no era necesario.

Entonces ambos empezaron a caminar en silencio hasta la entrada del parque, el perfume de aquella mujer dejaba al chico casi sin aliento, casi en éxtasis. Lo que a él le gustaría en aquel momento sería guardar ese instante en una botella y taparla bien, para que no se escapase ni una partícula. Ernesto no sabía qué hacer, nunca se había sentido así, estaba totalmente perdido y como embrujado por el encanto de aquella chica.
Entraron en el parque y caminaron medio sin sentido, parecía que uno estaba siguiendo al otro o que se estaban dejando llevar por alguna extraña fuerza. Llegando a bello lago, donde habían patos, cisnes y otras aves se aproximaron a la sombra de una alta palmera, donde, sin decir nada, María se sentó. El muchacho hizo lo mismo.
-          ¡Usted me deja sin palabras! Escucho Ernesto, quién miro extrañado hacia los lados para ver si descubría de donde venía aquella voz. Casi sin pensar en lo que hacía repitió de forma tímida
-          ¡Usted me deja sin palabras! – a lo que la muchacha respondió con el rubor en las mejillas.

Ernesto no entendía bien lo que pasaba, sólo sabía que resultaba escuchar y seguir aquella voz ypor su vez,  Calígrafo se daba cuenta de que se estaba haciendo entender. El resto de la tarde las cosas fueron andando más tranquilas; después que consiguieron dominar la ansiedad y el nerviosismo. 
El garzón del café se había encargado de las primeras presentaciones entonces la chica ya sabía que el joven era un profesor de historia, que trabajaba en un colegio en el centro, que vivía con sus padres y otras cositas.
Era muy interesante como ellos se miraban, pues uno no salía de la vista del otro protagonizando las escenas más dulces que aquel lago ya había presenciado. Entre sonrisas, conversaciones, coqueteos, contar un poco de la vida, hablar del clima, comer frutas y todas las otras delicias que la joven había preparado con tanto esmero se les fue pasando la tarde de aquel sábado.
-          Se hace tarde y está haciendo frío – Dijo María con aire de tristeza
-          Espera un minuto por favor-  dijo el joven mientras cogía un papel perfumado del bolsillo y calígrafo ya se preparaba ansioso. Ernesto miró al cielo como buscando la inspiración que no le sería necesaria.

Hoy no he escuchado el canto de los pájaros, sólo tu risa
No he visto la luz del sol, sólo la de tu alma
Nunca sentí las horas pasar con tanta prisa
Tu presencia me refresca como la suave brisa
El calor de tu mano me devuelve la calma.

Ernesto dobló el papel y lo besó, antes de dárselo a la joven; que simplemente se lo llevó al rostro y se extasió en el perfume, luego también lo besó y lo guardó en el bolsillo.

-          ¿Puedo acompañarte hasta la puerta de tu casa?
-       Eres todo un caballero – Dijo la chica sin saber que lo único que el muchacho quería era prolongar sólo más un poco sus momentos de cielo.
Caminaron lentamente mientras conversaban como si se conociesen la vida entera. Los dos trataban de prolongar al máximo aquellos momentos, sabiendo que lo que querían era que durasen la vida entera. Llegando a la puerta de la casa de María, se quedaron en silencio y la chica, un poco tímida le pidió al joven.

-           ¿Me acompañas mañana a la misa? Después podemos almorzar juntos y así conoces a mi mamá. La chica tiritaba al sentir el tamaño de la osadía de la invitación. ¿será que él no pensaría que estaba yendo muy rápido? se cuestionaba en su interior.
-          ¿A qué horas quieres que esté aquí?
-          Puede ser a la nueve y media.
-       Estaré aquí puntualmente bella dama- dijo Ernesto haciendo una reverencia a lo que María respondió con una venia, que les hizo caer en sonoras carcajadas. La chica le robó un beso y entró corriendo, sin querer esperar la reacción de Ernesto quien se quedo paralizado. 

María acompaño por un rincón de la ventana, escondidita atrás de la cortina los quince minutos en que Ernesto se quedó parado y como de repente comenzó a caminar lentamente, como sonámbulo en dirección a su casa repitiendo como si fuese una oración:

-          Ella me besó… ella me besó…. Ella me besó…

María estaba incontenible de tanta felicidad, bailaba por toda la casa, cantó durante mucho tiempo, con una voz tan dulce que parecía de querubines. Su madre no quiso preguntarle nada, espero que la hija le viniese a contar.
-      Mamá, soy una loca, lo invité a misa y después a almorzar… y le robé un beso… ¡ Le robé un beso!
La madre no se contuvo la risa que sólo tendía  aumentar cuando vio que la joven saltaba como una cabrita y luego comenzó a hablar rápidamente, tomada por la emoción y la ansiedad.
-          ¡Qué prepararemos para almorzar! ¿Qué ropa me voy a poner?
-          Hija, preocúpate de la ropa que yo me encargo de la comida.

El resto de la noche, maría se fue a su cuarto para poder escoger la ropa, plancharla, colocarle unos lazos  y leer no sólo el mensaje de aquel día, sino todos los anteriores que estaban guardados en una bella cajita musical.

quarta-feira, 15 de abril de 2015

Calígrafo el bolígrafo: El primer encuentro

Ernesto no cabía dentro de sí al leer aquellas delicadas letras. No fue sólo un sonriso el que estaba en su rostro, pues su ojos parecían que iban a volar, luego soltó una carcajada de tan nervioso y simplemente empezó a besar y oler aquel mensaje, mientras todos los que estaban en el lugar lo miraban y María no aguantó y empezó a reírse, tratando de disimular llevándose las manos al rostro. La chica se levantó para irse, pasando al lado del joven  por primera vez le dirigió la palabra.
-          Hasta mañana –
Ernesto quedó sin palabras  y permaneció sentado en el café por lo menos durante una media hora más, pensando en cómo sería el encuentro.
El otro que no se aguantaba de alegría era Calígrafo, pues sabía que una parte de la responsabilidad de todo esto era de él ¡Ojalá que Ernesto no se olvidase de llevarlo!
El joven, caminando de vuelta para su casa parecía que no caminaba, levitaba. Nunca había estado así en la vida, estaba viviendo un momento mágico. Abrió la puerta de su dormitorio y se acostó en la cama mirando el techo; veía la imagen de su amada estampada en cada una de las tablitas de color blanco. 
Sabía que aquella noche sería eterna, pues no conseguiría dormir de tanta ansiedad; no sería capaz de dominar las mariposas que sentía revolotear en la barriga.
Pasó la noche muy lentamente también para María, quien después de llegar a su  casa se cambió de ropa y ayudó a su madre a planchar ropa, limpiar y preparar la comida. Mientras María pelaba las papas, su madre afirmó:
-          María, estás enamorada. Nunca te vi así antes
-          ¿Es una pregunta o una afirmación mamá? Dijo la hermosa doncella con aire burlón
-          Una afirmación, lógico pues conozco a la hija que tengo
La chica se sacó el delantal de cocina y cogió a su madre por el talle mientras bailaba por la cocina dando vueltas y cantando
-          ¡ Enamorada! ¡ Enamorada1 ¡ Enamorada! – y las dos se reían como hacía tiempo que no lo hacían.
Después de la cena la chica se fue a su dormitorio y colocó todos los mensajes escritos por Calígrafo, es decir, por Ernesto; sobre el escritorio y los leyó una vez más, como lo hacía todos los días antes de dormir. ¿Cómo lo sorprendería?
-  ¡Lo conquistaré por el estómago! ¡Haremos un día de campo!. Pensó la joven en voz alta sin saber que era dueña del corazón de su amado desde que cruzaron la primera mirada.
Aunque sea difícil en los momentos de ansiedad, llega una hora en que el sueño nos vence y las horas pasan. Así tanto para Ernesto como para María llegó la mañana siguiente y ambos despertaron nerviosos, animados y agitados.
El joven miraba insistentemente el reloj, para ver si el tiempo pasaba más rápido. Muy temprano ya había ido al barbero, al peluquero, a la perfumería para comprar una nueva fragancia y luego a la camisería para comprar una pieza de ropa nueva exclusivamente para usarla en este gran día. Todo esto lo hacía con bolígrafo palpitando en el bolsillo de la camisa.
Cuando llegó en casa se sentó a la mesa en la cocina, cogió una hoja y cuidadosamente bolígrafo se posicionó para escribir un mensaje más para ella:

Así como el agua del manantial refresca el día del caminante cansado
La sed de mi alma se aquieta contigo a mi lado
Tal como el perfume de las flores inunda hasta el último espacio del bello jardín
Me pierdo en tu mirada como en un viaje sin fin
….
Y así continuó escribiendo algunas páginas hasta que llegó la hora de almorzar y después de dirigirse al lugar del encuentro al cual no podía llegar tarde. En el camino ya había programado una parada en la florería para comprar rozas.
La joven María desde muy temprano preparaba dulces, queques y emparedados, eran tantos que parecía que iba alimentar a un ejército; fue hasta el huerto y cogió algunas frutas frescas mientras cantaba animada. Las servilletas, el mantel, los cubiertos, platillos ... estaba preocupada de los más mínimos detalles pues no quería dejar una mala impresión y echarlo todo a perder.
Desde la cocina su madre observaba la alegría de su hija, dichosa pues hacía tiempo que no la veía tan animada. Amaba aquella niña a la cual había prodigado todo el cariño del mundo; ella era la mejor hija del mundo, un sueño hecho realidad.
-          ¡Chao mamá! No puedo atrasarme – dijo la chica cargando una cesta y dando un beso en la frente.

Cuando la muchacha estaba a unos cuantos metros del lugar del encuentro, avistó a Ernesto inquieto, caminando de un lado para el otro con el ramo de rosas en la mano.
Cuando él se dio cuenta de que era ella quien cargaba la cestita, en un primer momento se quedó sin reacción. Calígrafo no podía creer lo que veía, entonces decidió darle una clavadita con su punta a través de la camisa, con lo que él reaccionó y corrió a ayudarle a la joven, que en aquel día parecía mucho más hermosa que de costumbre, aunque esto pareciese imposible