sábado, 21 de março de 2015

El cuento de los espejos de agua


Un día, hace mucho, mucho, mucho tiempo iba caminando con mi abuelo por el campo, estábamos decididos a pasar un día en un lago próximo pescando. Habíamos planeado esto desde hacía días y habíamos hecho todos los preparativos; habíamos arreglado las cañas de pescar, preparado los anzuelos, las carnadas y lógicamente que pensamos en la comida necesaria para este día de pesquería.
Lo que más me gustaba de salir con mi abuelo eran sus historias; nadie tenía relatos tan divertidos y electrizantes como él. Guardo estos momentos muy frescos en la memoria y recuerdo con detalles cada una de nuestras aventuras.
En el día en que fuimos a pescar, hicimos una caminata de una hora más o menos a través de un bellísimo bosque de araucarias, del que recuerdo bien el olor de la tierra mojada y de los rayos del sol que pasaban por entre aquellos gigantescos árboles.
Atravesando el bosque había un bellísimo lago que dejó viva en mi memoria la primera impresión de un lugar tan grande, tan tranquilo, un verdadero espejo en el que se reflejaban los árboles y las montañas imponenetes. Yo sabía que preguntarle a mi abuelo sobre los espejos de agua era una provocación deliciosa para más una historia.
- Abuelito – Le pregunté - ¿Por qué existen los espejos de agua?
-¡Excelente pregunta! Siéntate a mi lado que te voy a contar la historia- y una vez más quedaba admirado con la capacidad de mi abuelo de saberlo todo, de conocer el origen de todo y explicarlo todo.
Me senté a su lado mientras cogía una de las manzanas que habíamos traído y viendo la destreza con la que él colocaba las cañas de pescar en el agua.
-   Hace muchos, muchos, muchos años en un reino muy, muy, muy distante existía un rey muy justo y querido por su pueblo; su nombre era Pedro. Este rey siempre se preocupaba de que todas las personas que vivían a su alrededor estuviesen felices y por eso, él era muy amado y respetado.
Un cierto día, el rey salió a recorrer su reino y al detenerse en una casa para pedir un poco de agua fresca, se encontró con la doncella más linda que él nunca pudo imaginar. En aquel momento las palabras se esfumaron de su boca y la doncella se dio cuenta de que el rey había quedado paralizado, pero no sabía por qué. 
Al ver al rey estupefacto, boquiabierto, parado y casi sin respirar, le pareció divertido y le dio un ataque de risa de aquellos. Rosa, ese era el nombre de la doncella, no sabía que cuando ella se reía, parecía que toda la belleza del mundo se concentraba sólo en ella.
El rey bajó del caballo y le preguntó el nombre a la hermosa joven. Al saber el nombre el Pedro dijo
-          No podrían haber escogido un nombre más lindo para una joven tan radiante- delante de esas palabras fue Rosa la que quedó paralizada.
-          Condúzcame a su casa por favor bella dama – le pidió el rey a la muchacha
-          ¡ Claro que sí su majestad! – respondió la joven, a lo que el rey respondió.
-          Pedro, mi nombre es Pedro- Y delante de esas palabras la joven se sintió completamente sin reacción.

Al llegar a la casa de la joven , los padres de Rosa se vieron sorprendidos al ver al rey y no entendieron mucho qué es lo que hacía el soberano en la casa de dos pobres campesinos. El rey cortésmente les pidió permiso para poder venir a visitarla, pues quería conocerla mejor, a lo que los padres de la joven no colocaron impedimentos una vez que a la jovencita no le molestaba ni un poco la idea.
En aquel día, algo había sucedido, pues la bondad y el cariño del rey por su pueblo había aumentado; se le notaba aún más feliz y todos los días se le veía recorrer los campos y dirigirse en su caballo a la casa de los padres  de Rosa para poder visitarla. Después de casi un año repitiendo esta rutina, le pidió a los padres de la joven que fuesen a una cena de gala en el palacio, pues deseaba pedir la mano de Rosa en casamiento.
Después de la cena de aquel día, cuando los padres y la joven aceptaron el pedido, el rey mandó que las trompetas de la ciudad tocasen y las campanas de las iglesias llamasen a toda la población a reunirse bajo la el balcón principal del palacio.
Rápidamente toda la población del reino se reunió y escuchó con atención y mucha emoción el anuncio de la boca del propio rey. Él se casaría dentro de un mes con Rosa, la más hermosa joven del reino. Después de las palabras del monarca, comenzó una gran fiesta llena de música y fuegos artificiales.
Rosa y Pedro bajaron y se reunieron a toda la población bailando y divirtiéndose durante toda la noche.
-          ¿Y ellos se casaron abuelito? ¿y dónde entra la parte de los espejos de agua? interrumpí yo, casi sin paciencia para saber el final de la historia.
-          Calma hijo mío ¿ Parece que nació de siete meses?- déjeme terminar entonces pues – dijo mi abuelo con aquella sonrisa viva que le iba de oreja a oreja.
Después del día del anuncio del casamiento, toda el pueblo comenzó los preparativos. No había mucho tiempo y la ciudad, que ya era la más hermosa de la región, debía quedar aún más deslumbrante para recibir a los invitados que vendrían de todas partes para el que, con toda seguridad, sería el evento más importante del año.
A la semana siguiente empezaron a llegar a través de las puertas del reino regalos provenientes de todos los lugares del mundo, sin embargo el rey estaba seguro de una cosa, su mejor obsequio era contar con el cariño y ver la felicidad de sus súbditos.
En una noche en que Rosa y Pedro caminaban por los jardines del palacio conversando sobre los preparativos de la boda, de repente, delante de sus ojos apareció un rayo de luz que en un primer momento los cegó y que luego les causó bastante miedo hasta que de pronto vieron aparecer la imagen de la mujer más dulce que jamás hubiesen imaginado.
-          No tengan miedo, soy Rebeca, la embajadora del reino de las hadas y fui enviada a traer nuestro regalo de bodas.
El rey Pedro saludó con reverencia tan ilustre visita y Rosa se inclinó ante ella respetuosamente
-          Síganme por favor, nuestro regalo está en las afueras de los muros del palacio. Nosotras, las hadas, hemos observado al rey Pedro desde muy joven y nos sentimos muy felices al ver que él gobierna con prudencia, justicia, amor y compasión. Estamos muy complacidas al ver que escogió a Rosa como la reina de su pueblo; es la mujer no sólo más linda, sino también más pura y más sabia. – Todo esto era dicho por el hada mientras caminaba a través del bosque seguido por el rey y Rosa quienes escuchaban con atención.
-          Las hadas hemos decidido dejar para ustedes el regalo más especial que hemos podido imaginar y que traerá prosperidad para todo su pueblo y otros habitantes de la tierra.
En ese momento llegaron a las márgenes de un hermoso lago de aguas muy agitadas, las cuales nunca daban descanso y a las que por eso los pescadores nunca se aventuraban.
-          Desde ahora por la magia de las hadas, lagos y lagunas del mundo entero se transformarán en espejos de agua para que la princesa Rosa pueda reflejar su extraordinaria belleza y para que su pueblo pueda pescar y así traer prosperidad para todos-
Y en ese mismo momento sopló una brisa leve y tibia y las aguas se calmaron de tal forma que las estrellas inmediatamente se reflejaron en aquel hermoso espejo, de tal forma que hasta parecía que habían bajado hasta el lago. La hermosa figura de la reina Rosa y el rey Pedro se reflejaban en las aguas casi inmóbiles.
Desde ese día todos los habitantes del reino iban al lago para poder pescar y para poder divertirse  en las tardes calurosas. Cada vez que ellos veían las tranquilas aguas hacían una oración agradeciendo por el rey Pedro y la reina Rosa y por la justicia, amor y prudencia que habitaba en sus corazones y que hacía que todos sus súbditos viviesen felices.

-          Te gustó la historia- me preguntó mi abuelo esperando, como siempre mi respuesta afirmativa
-          ¡Claro que sí abuelito! ¡Es la mejor historia que jamás me has contado!
Y en aquel momento nos dimos cuenta que en todas las cañas de pescar ya habían peces listos para ser retirados de los anzuelos.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.




sexta-feira, 20 de março de 2015

Ivo, el niño competitivo

Ivo no era un niño común y corriente, el se sentía llamado a ser un campeón. A veces porque desde pequeño había visto a su padre en el tatami conquistando victorias, trofeos o medallas; o tal vez porque su madre, después de haber dejado de jugar vóley profesionalmente, ahora entrenaba al equipo de la universidad.
Sus hermanos no eran diferentes y continuaban la tradición familiar, trayendo por lo menos una medalla por mes para aumentar el acervo de la sala de trofeos de la familia.  Fue en este ambiente que Ivo creció; el menor de la familia siempre se vio rodeado de pelotas, instrumentos deportivos, noticias en los periódicos y diversos entrenamientos.
La salud era una preocupación desde siempre en todo lo que la familia hacía, principalmente en la alimentación. Frutas, verduras, poca grasa, cereales y todo aquello que a la mayoría de los chicos les causa desagrado, hacían parte del día a día. Los padres de Ivo incluso se daban el tiempo de tener una pequeña huerta en casa lo que hizo con que desde antes de aprender a caminar el pequeño descubriera el placer de pasar al lado del tomatero y arrancar una fruta para ensuciarse entero sintiendo el jugo por entre los dedos.
Desde bebé se veía que Ivo tenía algo especial; parecía que sentía placer en ser el primero, el mejor, el que hacía las cosas más rápido y tenía alguna dificultad para poder soportar la derrota o la frustración de no conseguir hacer algo. No era que sus padres lo educasen de esa forma, por el contrario, formaba parte de los diálogos durante los almuerzos en familia las enseñanzas del cómo saber ganar es tan importante como saber perder; pero parece que a Ivo le costaba un poco entender esta lección.
Los primeros relatos vinieron de las profesoras de la sala cuna, donde Ivo pasaba parte del día cuando sus padres tenían que ir a trabajar. Las tías resaltaban todas las virtudes del pequeño, que no eran pocas, pero llamaban la atención para los berrinches que hacía siempre que no ganaba en algún juego, o cuando la pintura de otro amigo era elogiada más que la de él.
El tiempo fue pasando, Ivo fue creciendo y sus padres siempre acompañando su desarrollo y llegó la edad en que comenzó a practicar deportes como natación, Judo y fútbol. En todos ellos se veía el empeño del chico por salir victorioso. Eran famosas las pataletas en los entrenamientos de fútbol cuando el equipo en el cual él había sido escogido para jugar no ganaba; y no fueron pocas las veces en que él se recusó a jugar en un determinado grupo porque era el que juzgaba en desventaja. Cada vez que esto sucedía, los padres del chico se sentaban y conversaban con él, pero parecía que nada se resolvía.
Ivo  tenía siete años cuando participó de su primer campeonato de natación y fue clasificado para la final; toda la familia estaba presente en la piscina para animar al pequeño, pero sobre todo para apoyarlo si no lograba conquistar la victoria, pues era ésta aún su dificultad más grande.
Un poco por la ansiedad, otro poco por el nerviosismo y otro por la simple superioridad del adversario, el resultado de la competencia dejaba a Ivo en el segundo lugar; el chico simplemente no paraba de llorar y se recusaba a subir a coger su medalla.  Toda la familia del pequeño fue junto con él para recibirla, sin embargo el chico no esbozó ni la más tenue sonrisa.
Durante todo el camino de vuelta para casa había un gran silencio dentro del coche y tanto el padre como la madre de Ivo estaban pensando en lo que deberían hacer para darle una buena lección al pequeño. Ellos sabían que saber perder hace parte de la formación del deportista.
Todos los hermanos del pequeño estaban habituados a escuchar lo mismo de sus padres delante de cualquier tarea que tuviesen que ejecutar, desde las más simples a las más complejas. Cada vez que uno de ellos se aproximaba a uno de los progenitores con una tarea realizada, ciertamente para tener la aprobación o hasta para ganar una recompensa, recibía la siguiente pregunta
-          Hijo, ¿has hecho lo mejor que has podido? No respondas de inmediato, piensa - decían sabiamente los padres.
Muchas fueron las veces en que los hijos volvieron y rehicieron las tareas sin necesidad de que los padres los mandasen, simplemente, porque sabían que podrían hacerlo mejor. Nada mejor que el ejercicio de la propia conciencia para indicarnos el tamaño de nuestro esfuerzo.
En otras ocasiones los hijos respondía.
-          Sí papá, he hecho lo mejor que he podido –
En ese momento una sonrisa gigante surgía del rostro del padre o de la madre y dando un abrazo del tamaño del mundo decían.
-          Hijo, has hecho de mí la persona más feliz del mundo, ¡estoy muy orgullosos de ti!
Era esa la lección que los padres de Ivo siempre habían pasado, de cómo es importante el máximo esfuerzo, no para ganar y sí como una forma de realización personal; era la forma de enseñarles que el primer obstáculo a ser superado, muchas veces, es nuestra pereza, nuestro miedo o las ganas de esforzarnos el mínimo posible.
En aquella tarde, cuando volvían de la piscina, los padres de Ivo se daban cuenta que la lección no había sido aprendida. Al estacionar el coche el padre grito
-          ¡Tengo una idea! ¡Todos a la sala!
Inmediatamente todos se dirigieron a la sala para ver qué es lo que el padre quería. El pequeño Ivo estaba todavía muy triste y no tenía muchas ganas de participar de esta actividad, pero se animó un poco cuando vio que su padre le estaba entregando a cada uno un globo de colores muy llamativos.
-          ¡Vamos a inflarlos! Dijo el papá, ¡Será divertido!
Fue así que todos lo hicieron, incluso Ivo y todos se daban cuenta que la preocupación del pequeño era de que su globo fuese el más grande; lógicamente que el papá ya esperaba esta actitud del pequeño. Intencionalmente, el padre continuaba inflando el globo y veía como Ivo era el único que también lo hacía, ante la mirada curiosa del resto de la familia.
Finalmente, cuando el padre llegó al límite de su globo, sucedió lo que se esperaba,  el de Ivo se reventó y todos se asustaron con el estruendo, principalmente el pequeño que como ya estaba sensible por lo que había pasado en la competencia se puso a llorar.
Todos se sentaron con sus globos en la mano y esperaron que Ivo se calmase un poco. Cuando esto sucedió dijo el papá
-          Ivo ¿Por qué lloras?-
-          Porque me asusté papá – Dijo el pequeño aún sollozando.
-          ¿Sólo por eso? Preguntó la mamá.
-          No, también porque soy el único que ya no tiene globo.
-          ¿ Y por qué no tienes globo? Le preguntó  el padre
-          Porque se me reventó, pues quería que fuese el más grande de todos.
-          Ese es el problema Ivo, ni siempre seremos los mejores, no siempre nuestro globo será el más grande, no seremos siempre los más fuertes, ni los más hábiles, ni nuestro equipo será siempre el que va a ganar. Lo que siempre tenemos que hacer es dar nuestro mejor, pero siendo conscientes de que, como el globo, tenemos un límite y que si lo pasamos, podemos reventar. Toda la familia tiene mucho orgullo de ti, Ivo, pues siempre tratas de dar tu 100%, pero a partir de hoy tu tarea es otra, debes empezar a aprender a perder, aprender a que no siempre serás el mejor. Tal vez esta sea la principal lección del deportista.
Parecía que en aquel momento realmente Ivo había entendido lo que su padre durante mucho tiempo trataba de enseñarle. Algo estaba diferente en la mirada del pequeño.
En las siguientes semanas un gran cambió empezó a dibujarse en la vida del chico; los profesores se daban cuenta que él se había transformado en un niño mas colaborativo y menos competitivo. En el equipo de fútbol esto empezó a hacer toda la diferencia, pues todo el equipo empezó a confiar más en él y el trabajo en equipo empezó a dar frutos.
No podemos decir que todo se transformó de la noche para el día, algunas veces todavía hoy Ivo tiene dificultades para aceptar las derrotas, pero por lo menos ya no hay más berrinches.
Es bueno recordar todo esto ahora, segundos antes en que se inicie el partido de la final del campeonato nacional de los colegios. El pequeño Ivo, ahora con 13 años fue escogido por sus compañeros para ser el capitán del equipo. Toda la familia está aquí para poder celebrar las victorias de un gran deportista
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado



quinta-feira, 19 de março de 2015

La historia de Valentín, el niño y su volantín.

Volantines, papalotes o cometas son nombres diferentes que  le damos a la misma cosa en nuestro continente. Es en este pedazo de papel con un soporte de madera  que los niños (y los con alma de pequeños) de nuestra tierra elevan sus sueños cerca del cielo.
Los volantines son coloridos, mágicos y respetan la diversidad de gustos de los chicos y al mismo tiempo, el derecho de todos de poder jugar, pues es una diversión barata y que estimula la imaginación y la creatividad.  La habilidad es otro aspecto que nunca queda  de fuera a la hora de hablar de los volantines, pues sea a la hora de fabricarlos, a la hora de colocarle los tirantes o a la hora de encumbrarlos con destreza.
Esta es la historia de Valentín, un niño al que le encantaban los volantines. Su relato comienza tal vez con las aventuras de su padre, José, quien hasta el día de hoy es reconocido por todos los que en aquel tiempo eran sus compañeros de jugarretas como el mejor volantinero de las proximidades. La herencia de sus singulares destrezas habían pasado a través de la sangre a su hijo, quien por razones no tan ocultas había recibido el nombre de Valentín.
No eran pocas las veces en las que José, en las tardes frescas de domingo, sacaba de su cuna a su hijo aún bebé y lo llevaba a lo alto de un cerro, donde se formaba una pequeña meseta. En sus brazos llevaba al chico y en su espalda, colgados por los tirantes, varios volantines que había fabricado en las noches durante la semana, después del trabajo.
Colocaba al chico en el suelo, recostado sobre varias cubiertas y almohadas, mirando hacia el cielo. Parecía que el pequeño presentía el momento mágico en el que comulgarían dentro de poco.
-          Mira hijo, es así que se hace- Decía el papá orgulloso al mostrar con detalles y relatar en voz alta cada uno de los aspectos que debía considerar en el arte de levantar esos mosaicos coloridos.

-           Mira Valentín, el secreto está en los tirantes – Le explicaba con la certeza de que el chico estaba absorbiendo cada una de las informaciones.

Después de muchas de estas experiencias de instrucción aérea,  el padre ya no resistía  cargar al chico en los brazos y ni el chico aguantaba el llamado de aquella húmeda olorosa que era aquella tierra quería ser pisada. Eran estas idas al monte cargando volantines, siempre que el domingo lo permitía, el momento de intimidad absoluta entre el padre y su hijo. Era en este diálogo natural en el que José le mostraba los secretos de la vida a Valentín, le enseñaba a entender el compás de la naturaleza y a respetar los ritmos suaves y cadentes de la vida.
Después de cierta edad, en aquel momento en que el maestro empieza a darse cuenta de que está siendo superado por el discípulo; José cambió el cerro por una cancha de fútbol cercana a su casa. Era el lugar donde los chicos que ya tenían el doble de la edad de Valentín se reunían todo el día y todos los días con sus volantines policromáticos. 
Se trataba de un festival de egos, pues cada uno de ellos quería el volantín más bonito y pretendía ser el más temido en el cielo, cuando los intrépidos pilotos hacían alarde del calibre y calidad de sus hilos los que procedían de recetas que cada uno traía como parte de los secretos de familia celosamente guardados. 
El día en que vieron que José llevaba a Valentín por la primera vez, parece que todo cambió en aquella cancha de barrio. Todos miraron con reverencia al padre, pues era prácticamente un mito entre todos aquellos que se divertían con los volantines. Ninguno de aquellos chicos había visto las proezas de los volantines de José Mujica; ellos vieron los mágicos malabarismos dibujados en los relatos de sus padres quienes eran amigos del “Rey del volantín” como era conocido.
En aquel día se hizo un círculo alrededor de José y de Valentín, lo que no estaba en los planes. El hombre les miró con un poco de extrañeza y con una sonrisa les grito…
-          Vamos a jugar –
Obedeciendo al mandato de este rey, el cielo inmediatamente se inundó de colores, lo que llamó la atención de Valentín, acostumbrado a ver su juguete solitario en lo alto del cerro. El padre sólo lo miró y el entendió inmediatamente lo que debía hacer, empinando bien alto su volantín y mostrando destreza al aproximarse a sus contendores. Rápidamente los otros objetos voladores se rendían a los movimientos precisos y delicados del nuevo rey de la cancha del barrio.
José, aquella tarde cargó a su hijo en los ombros, orgulloso, como quien lleva un  trofeo. Le contó a su esposa sobre todo lo que había pasado y de repente, desapareció. Volvió minutos más tarde trayendo una gaseosa y algunos pastelitos que había comprado en la panadería del barrio. Había muchos motivos para celebrar.
En breve nos encontraremos con otra historia de Valentín, el rey del volantín.



quarta-feira, 18 de março de 2015

Mimosa, la gatita cariñosa



En una noche fría de invierno, de esas que parece que no acaban más; fue el momento en el que Mimosa, la cual en aquel momento no pasaba de una pequeña bola de pelos blancos y negros, pues no tenía nombre; llegó a la casa de don Nicanor.
El hecho de haber abandonado a la pobre gatita en la puerta de aquel hombre fue una broma de mal gusto o el desconocimiento de la mala fama del sujeto. Y es que don Nicanor no tenía fama de ser ni muy amigable, ni muy sociable, ni que le gustases mucho los animales y mucho menos que se pondría feliz cuando, tal vez en la noche más fría y lluviosa del año, a alguien se le ocurrió dejar a esta gatita que no paraba de maullar  debajo de la mampara de aquella casa oscura y gigantesca.
De tanto escuchar aquel grito tan agudo, que era el de la gatita, don Nicanor no aguantó más y salió en dirección a la puerta decidido a darle un chute al felino sin importarle nada; el viejo no estaba ni un poco preocupado con ecología o derechos de los animales. Lo único que a él le importaba era poder descansar sosegado en aquella noche. 
Algo pasó en el instante en el que encendió la luz de la calle, miró delante de la puerta y vio a la pequeña gatita, tiritando de frío con las dos patitas en la tapa de la caja y casi dándola vuelta.
Puede haber sido el frío, puede haber sido la lluvia o tal vez la mirada de aquellos dos ojitos verdes pequeñitos que se le clavaron como una flecha; nadie va a saber al final de cuentas porqué don Nicanor no le dio un puntapié a la caja y se deshizo del problema, la cosa es que el viejo señor, no sin antes reclamar un poco, colocó la caja para dentro de la casa.
Ya dentro de la casa miró al animalito un poco sin saber lo que había hecho y hasta llegando a pensar que cuando pasase el temporal la iba a colocar en la calle de nuevo, sin embargo, la pequeña felina le arrancó una sonrisa de la cual él ni siquiera se acordaba y que fue producida por la falta de coordinación con que la gatita había caído al tratar de salir de la caja. Parecía que ese sólo gesto de falta de preparación para la vida había sido suficiente para ganarse el corazón de don Nicanor.
El anciano buscó una vieja toalla y secó a la gatita; en una caja de cartón improvisó una camita usando un chaleco viejo, pero muy calentito y para terminar los preparativos le ofreció un poco de leche. Parece que la pequeña realmente estaba con mucha hambre, pues fue necesario llenar tres veces el pocillo para que por lo menos, aparentemente, se viesen saciadas sus ganas de comer.
Don Nicanor la acomodó en la cajita, pero no hubo caso, pues la gatita no quiso quedarse e insistió en acompañar al anciano. Se subió a la cama y se acurrucó para dormir junto a su nuevo dueño quien dijo en voz alta:

-          Pero qué gata más mimosa – Así fue bautizada la pequeña.

Al día siguiente don Nicanor despertó con el olor calentito de aquella pequeña gatita durmiendo muy cerquita de él y le pareció muy agradable. Él no se recordaba la última vez que había tenido una mascota o si es que alguna vez la había tenido; a esa altura del campeonato no le parecía una idea del todo absurda poder pensar en la idea de quedarse con la gatita; y es que los días de este señor pasaban desde hacía décadas en la más absoluta monotonía, silencio y aislamiento.
Como lo hacía todos los días, la primera actividad del día, antes de salir de la cama, era coger el rosario y empezar a rezar. Desde esa mañana, esta tarea trivial se transformaría en una verdadera aventura, pues la gatita despertaba y no resistía las ganas de jugar con as cuentas coloridas; para ella era un verdadero parque de diversiones. Después del rosario don Nicanor iba  al baño y junto con él su comapanhera; luego el desayuno, el periódico la TV y parecía que su amiguita estaba totalmente habituada a la secuencia de actividades.
Don Nicanor se acordó de que debía buscar algún lugar para que su pequeña pudiese hacer las necesidades; buscó una caja de plástico que en cierto momento había utilizado para pintar las paredes y dentro colocó bastante papel cortado en tiritas; no demoró mucho para que Mimosa entendiese cual era la función de este lugar, ya que era una felina muy inteligente. Su dueño siempre se ponía muy orgullosos al contarle a las personas que su gata nunca había ensuciado algún lugar de la casa.
Desde el primer día fue así, donde iba el anciano iba también la gata, parecía que ellos se comunicaban no sólo con palabras o maullidos, sino también por el pensamiento. Lógicamente que la vida en aquella vieja casa no era demasiado agitada, pues el señor llevaba una vida extremamente reglada y monótona. Su rutina consistía, además de aquello que ya relatamos,  en algunas horas de lectura en la sala, un poco de televisión o radio y la preparación de las comidas ya que don Nicanor prefería cocinar en casa.
Salir, hasta cuando llegó Mimosa, era algo casi excepcional; varias leyendas se habían tejido al respecto del anciano, principalmente de autoría de los chicos de las redondezas; se decía que era brujo o un hechicero y que no eran pocos los chicos que habían desaparecido sólo por haber pasado por delante de la casa.
Pero desde que la gatita llegó, el anciano comenzó a desarrollar una extrema preocupación no sólo por la salud de la gatita sino también por la suya lo que incluía desde el primer día las caminatas diarias y, por otro lado, don Nicano empezó a marcar una serie de exámenes pues pensaba en voz alta:

-          Si me pasa algo ¿Quien va a cuidar de esta pobrecilla?

Pocos sabían lo que había pasado en aquella noche fría y lluviosa, pero lo que todos se dieron cuenta era que el viejo Nicanor cambió. Desde el día siguiente se le veía dar largos paseos junto con su gatita mimosa; y era como si la vida hubiese soplado en el rostro de aquel hombre, que ahora sonreía y siempre se mostraba gentil, amable y bien dispuesto.
Sí tú un día vienes por acá, pasa por la frente de la casa de don Nicanor y si pones atención te darás cuenta de que ambos están sentados mirando por la ventana y si esperas un poquito los verás salir juntos: él con su sombrero, su traje impecable y su flor en el ojal y ella con su cinta de color amarillo y dos campanitas delicadas colgándole del cuello.

Y colorín colado… este cuento se ha acabado.

terça-feira, 17 de março de 2015

Arturo y abigail. Dos hermanos nota mil

Arturo era dos años mayor que Abigail; había sido él quien le había pedido a sus padres cuanto él quería tener una hermanita y él había dejado bien claro que no quería un varón pues no quería dividir sus autitos; él quería una hermana porque sería mucho más divertido.
Y así, en la mañana de un domingo de verano, llegó Abigail, la cual desde el primer día se transformó en Abi; fue una verdadera fiesta para todos en la familia ya que la niña era muy esperada por todos. Arturo ni pensó en tener celos seguro de que en la familia había amor suficiente para mucho más que dos hijos, pero, para empezar una hermana estaba de buen tamaño.
Arturo se transformó en el guardián de Abi desde el primer segundo. Era el que, aparentemente, más se preocupaba y el que, por lo menos en los primeros día, no salía del lado de la cuna y no dejaba que las personas que venían a visitarla se acercasen demasiado.
Los días de cuna fueron pasando, las noches de pañales fueron acabando, las primeras palabras de Abi fueron apareciendo y lógico, que fueron dedicadas al hermano; como Arturo era muy largo y complicado para la pequeña se transformó en Tuto, no sólo para la pequeñita sino que para toda la familia.
Y el tiempo fue pasando y ellos continuaron creciendo, siempre muy unidos y con todo el amor que había disponible en el mundo. Desde pequeños sus padres les enseñaron que una de las pocas cosas que tendrían siempre en la vida era poder contar el uno con el otro y ellos estaban seguros de que juntos, unidos, eran casi invencibles.
Desde que Abi aprendió a caminar no era necesario preguntarle a Arturo dónde estaba su hermana, pues desde la hora en que despertaban y  hasta cuando se dormían siempre lo hacían juntos. Así también era cuando tenían que ayudar a los padres en las tareas domésticas, pues desde pequeños ellos habían sido preparados a ayudar en pequeñas cosas. Era muy bonito ver que el mayor guardaba los platos y las tazas mientras la pequeñita secaba todo de pie sobre una silla. De esa manera, llena de alegría fue pasando la vida de los pequeños.
Uno de los momentos más tristes de esta dupla fue, tal vez, cuando Tuto tuvo que ir por  primera vez al colegio y Abi era demasiado pequeña para acompañarlo. No era sólo uno, sino los dos los que no paraban de sollozar. Fueron por lo menos dos semanas en los que no había caso de parar con la gritaría y mares de lágrimas, pero no había cosa más linda que  ver como ellos se abrazaban cuando volvían a verse. Parecía que el mundo paraba en el amor que los dos se entregaban.
La solución para el problema de Arturo y Abi llegó después de mucha conversación y cuando el papá les explicó que nunca los corazones de ambos estarían separados, pues la sangre que corría por las venas era la misma. Los niños escucharon con mucha atención cuando su padre les explicaba que aunque en un determinado momento de la vida ellos pudiesen estar en lugares diferentes, haciendo cosas diferentes pues eran diferentes y tenían gustos diversos, eso jamás lograría separarlos, pues la distancia nunca sería tan grande como el amor de ambos. Desde el día de esa conversa era posible a veces que los hermanitos se separasen, pero sólo por algunas horas y pocos sabían del secreto: en un lugar, escondidito en la mochila de ambos había una foto de la familia que siempre que ellos estaban tristes, de forma muy discreta, echaban una miradita y le entregaban un beso con al punta de los dedos.
Uno de los días más felices de Abi y Arturo fue el día en el que ambos fueron juntos al colegio. Quien le colocó el uniforme a su hermana fue, lógicamente Arturo, quien se comprometió a protegerla todo el tiempo y le advertiría sobre todos los peligros de la escuela. Realmente eran dos niños muy hermosos por dentro y por fuera; siempre saludables y sonrientes. Sin duda alguna el amor de sus padres había dado frutos grandes y abundantes.
Arturo y Abi fueron creciendo, como todos los niños normales, pasando por desafíos, por momentos difíciles, pero siempre juntos. Nadie en la escuela se olvida del día en que Abi, siempre tan activa, se cayó en el patio mientras corría atrás de sus amigos y el golpe fue muy fuerte y quedó con las rodillas en carne viva; sin embargo el golpe no fue tan grande como el grito que ella dio. Mucho más rápido que cualquier profesor para ayudarla, Arturo ya estaba a su lado calmándola y llamándole la atención pues ya varias veces le había advertido que debía tener cuidado y que eso podría suceder. El hermano mayor no salió del lado de su protegida mientras ella no se calmó y empezó a caminar y a reír nuevamente.
Como ustedes se imaginarán, con el pasar de los años el pequeño Arturo ya no era tan pequeñito y se había transformado en un apuesto jovencito, sin embargo, su encanto más grande y el que dejaba a todas las chicas locas era su simpatía, su educación y su caballerosidad a toda prueba. L a estrategia de las compañeras de curso era acercarse a Abi, su hermana, pues era la única forma de conquistar el corazón de este príncipe de los tiempos modernos.
Pero Abi no era tonta y sabía de las intenciones de todas. Sin embargo había una de las chicas, tal vez la que estuviese menos interesada en su hermano y la que ella había escogido como la única que podría tener una oportunidad en el corazón no sólo del joven y sí de la familia. Se trataba de Anita, una bellísima niña con largos cabellos negros y muy ondulados, los que servían como marco  de unos hermosos ojos azules que coronaban aquel rostro delicado, casi angelical; sin embargo no era esa la belleza más importante, sino un corazón de oro y una gentileza irreprochable.
Fueron varias las veces en las que Abi trató de programar encuentros entre Anita y su hermano y no fueron pocas las noches en que por horas y horas se quedó hablándole  a Arturo sobre todos los atributos de la chica de su clase. No vamos a decir que la amiga le era indiferente, sin embargo, él tenía un gran secreto que también era un gran problema: era demasiado tímido. Todo cambió en el día en el que Arturo le confesó esto a su hermanita. Enseguida escucho las palabras que él tanto temía.
-          No te preocupes de nada ¡Yo lo resuelvo todo!
Y así fue, nadie sabe cómo, pero desde ese día Anita empezó a ir junto con ellos para el colegio y después de un par de semanas y ya conociéndose mejor, Arturo decidió contarle a sus padres de que quería que lo acompañasen a la casa de los papás de Anita para solicitar permiso para poder ser su novio. Al saber de todo esto, parecía que Abi había conquistado una medalla olímpica.
Fue pasando el tiempo, fueron pasando los años y no fueron pocas las aventuras de estos hermanitos y no faltarán oportunidades para contar unas o otras. Lo que sabemos es que Arturo cumplió su promesa: cuidó, guió y orientó a su hermana todo el día y todos los días. Abi es como si también fuese el ángel de la guarda de su hermano; siempre tan preocupada de su bienestar.
Arturo va hoy a su primer día de clase de la enseñanza media, mientras que Abi está en el sexto. No podemos decir que ellos continúan iguales pues el amor de ellos ha aumentado a cada día. Nunca se vio por aquí a dos niños que se amasen tanto.

segunda-feira, 16 de março de 2015

Andresa, la niña gentileza

Desde muy pequeña ella siempre era igual. Probablemente había aprendido con su madre, su padre y sus hermanos; pero ella era un poco diferente, pues su rostro, su mirada, su sonrisa, sus gestos y absolutamente todo revelaba una amabilidad y generosidad absoluta e impresionante.
Lógico que todos amaban a esta niña y la fama de su bondad se hacía más conocida a cada día por todas las personas de las redondezas. Las personas querían verla, conocerla y estar cerca de ella, pues era muy especial y hacía parecer que todo a su alrededor se cubría con una infinita dulzura todo el tiempo.
Andresa era una chica normal, como todas las niñas de sus edad. Cuando ella despertaba, el primer destinatario de su cariño y atención era su perro Dudú quien ya la esperaba desde muy temprano, ansioso esperando los abrazos y besos. Los siguientes cariños eran de sus padres y hermanos, quienes se sentían alimentados por el amor de la pequeñita.
Durante el día ofrecía su ayuda a todos, parecía un verdadero ángel y si, por ejemplo, su hermana Isabel le dijese que no era necesario que la ayudase a lavar la loza después del desayuno, ella le decía.
-          Está bien Isabel, pero me voy a quedar aquí haciéndote compañía – y la pequeña se sentaba contemplando a la hermana y diciéndole cómo ella era bonita y cuánto la amaba.
Después del desayuno la pequeña salía al patio de la casa y rápidamente Dudú se aproximaba. Era un bello jardín lleno de flores y árboles a los que sus padres y hermanos dedicaban mucho cuidado. La pequeña Andresa hablaba con cada una de las plantas y flores como si fuesen verdaderas personas a las que les preguntaba sobre cómo estaban,  cómo el día estaba bonito, sobre lo que había soñado en aquella noche y muchas otras cosas divertidas.
Nunca los papás tenían que pedirle que ella arreglase sus cosas, su cama, recogiese sus juguetes o hiciese sus tareas, pues la niña cumplía con todas sus obligaciones de forma impecable.
Parecía que en el barrio las personas esperaban que la pequeña Andresa saliese rumbo  a la escuela; si alguien estaba un poco triste o preocupado, estos sentimientos sólo duraban hasta escuchar la dulce voz de la niña
-          ¡Buenas días! Eran las palabras que junto con una mirada dulce, abrazos y besos repartía a todos los que encontraba
-          ¡Buenos días Andresa!¡Qué niña adorable! -  Era lo que todos decían y pensaban; parecía que con el pasar del tiempo más encantadora.
En el colegio no era diferente; ella era una niña que llamaba la atención por su ternura, tranquilidad, cuidado y amor con todos. Lo más interesante es que todo esto era natural en la pequeña, nada era forzado.
No imaginemos que la pequeña no tenía problemas o tristezas; como en la vida de todos los chicos, había cosas que le molestaban y a veces, principalmente cuando tenía un poco de sueño, se ponía de mal humor. Era divertido porque cuando sus hermanos o padres se daban cuenta de una pequeña irritación ya le decían:
-          Andresa, anda a dormir, estas muriendo de sueño y te estás poniendo mañosa –
-          Tienen razón – decía la pequeña, no sin antes pedir disculpas.
Lo lindo de esta historia es ver cómo el amor es una semilla que da frutos, pero no hay que esperarlos; debemos ser buenos, amables y gentiles simplemente porque nos llena el corazón de un sentimiento increíble.
Cómo todos los niños, Andresa adoraba el día de su cumpleaños. Le encantaba el momento en que sus padres y hermanos se sentaban alrededor de la mesa para comer la bella torta que la mamá había preparado, pero ella no se imaginaba que este año sería diferente.
Era un domingo en que la luz del sol que entraba por la ventana de la habitación de la pequeña le hizo abrir los ojos, sabiendo que este día tan especial había llegado. Salió corriendo de la habitación para buscar a Dudú, sin embargo le llamó la atención pues le pareció que todo estaba demasiado silencioso, demasiado tranquilo.
-          ¿Qué pasó Dudú? Dijo la chica con un poco de sorpresa   cuando vio a su mascota con una corbatita y un lindo sombrerito  y parecía que el perrito estaba especialmente feliz.
La pequeña Andresa entró en la casa buscando a su familia, pues, como todos los domingos y en especial en el día de su cumpleaños, irían a tomar desayuno juntos. Y ella buscaba, y llamaba y no encontraba nada ni a nadie y ni siquiera la mesa estaba preparada ¿Qué estará sucediendo? se preguntaba la pequeña, quien no estaba entendiendo absolutamente nada. Ella pensó que, tal vez, había dormido mucho y su familia decidió ir a la feria o al supermercado, entonces prefirió ir a tomar una ducha.
Como era un día especial, ella buscó entre sus vestidos el más lindo que encontró; era el mismo que su hermana había usado en su cumpleaños dos años atrás y que había sido confeccionado por la mamá.
Andresa se duchó, se peinó el pelo y pensó en ir a buscar unas flores al jardín para colocarlas como adorno; cuando se aproximaba empezó a sentirse con un poco de miedo pues había unos ruidos extraños. Llamó a Dudú, quien ya vino corriendo y juntos fueron lentamente hacia el patio.
Cuando la niña llegó a la puerta fue recibido con un grito muy fuerte:
-          ¡Sorpresa!

¡Qué cosa más linda! No era sólo la familia quien estaba en el patio, eran todos los amigos de Andresa. Los compañeros del colegio, los profesores, los vecinos, el cartero, el vendedor de la panadería, sus abuelos, sus tíos, sus primos y muchas personas que estaban realmente impresionados con la bondad de esta niña. Ellos habían preparado una deliciosa mesa para el desayuno en el patio de la casa, entre las flores y debajo de los árboles.
La niña estaba realmente feliz con lo que veía y no sólo ella, sino todos los que se habían reunido en esa maravillosa mañana de domingo.
-          Mamá  ¿Ustedes me prepararon esta sorpresa? – preguntó la pequeña

-          No Andresa, ellos simplemente comenzaron a llegar muy temprano por la mañana, trayéndote regalos y cosas para el desayuno. Todos ellos querían saludarte - respondió la mamá muy emocionada.

Andresa no conseguía tal vez comprender que las semillas de su gentileza habían dado este fruto, todos querían proporcionarle un día feliz como regalo de cumpleaños. Ella no sabía, pero había conquistado el corazón de las personas con su bondad.
Ese día sería realmente inolvidable, la pequeña agradeció y abrazó a todas las personas, quienes realmente estaban muy felices y satisfechas. Parecía que los saludos nunca iban a acabar, pues a cada momento llegaban más conocidos.
Desde ese momento Andresa tomo consciencia del bien que le había hecho a muchas personas y estaba dispuesta a continuar haciéndolo por toda la vida.

Los padres y hermanos de la niña estaban realmente muy orgullosos.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

domingo, 15 de março de 2015

Arieta, la arañita indiscreta

¡No conseguía guardar ningún secreto! No era maldad, simplemente ella no conseguía quedarse en silencio y cuando sabía de alguna información que ella no podría contarle a nadie era como si tuviese un fueguito en la barriga.
Ese era el problema de Arieta, una arañita que vivía en una casa abandonada en una granja no muy lejos de la ciudad. 
Desde muy pequeñita era igual, era muy curiosa, quería saber de todo y cuando se enteraba de las cosas corría a llevar la información a quien le pudiese interesar y también a quien no tuviese nada que ver con el asunto. Y no era por maldad pues era una arañita adorable, pero cuando veía que un chisme empezaba a crecer a ella le parecía muy divertido, especialmente si ella era una de las responsables.
Lógico que desde pequeñita sus padres ya le habían enseñado que ser tan habladora no era una virtud y que eso podría traerle muchos problemas. Sus hermanos ya sabían que si algo no debía llegar a los oídos de sus padres, Arieta no podría saber de nada, pero eso era prácticamente imposible, pues desde que se había dado cuenta que no querían que se enterase de las cosas, ella se ponía más curiosa y se escondía para escuchar atrás de las puertas, para mirar por las cerraduras, para esconderse incluso dentro de los roperos sólo para poder enterarse de las novedades.
Y Arieta fue creciendo y también fueron creciendo sus ganas de enterarse de todo y de estar haciendo chismes todo el tiempo, pues si no había nada de lo que hablar no le costaba mucho inventar ¿No es verdad?
Y llegó el momento de su vida en que debía ir a la escuela y los padres de Arieta sabían que los problemas aumentarían. La pequeña arañita era encantadora, muy amistosa, alegre y siempre juguetona, rápidamente haría nuevos amigos y si Arieta no quería tener problemas debería aprender a ser más discreta.
Luego en el primer día de clase dos arañitas se aproximaron para ser amigas. Era una maravilla ver a las tres pequeñas conversando y compartiendo sus comiditas en el recreo; María y Anita, dos arañitas que eran primas y que desde pequeñitas se habían criado juntas; muy cómplices en todo,tanto en lo bueno como en lo malo.
El tiempo fue pasando y las amiguitas Arieta, María y Anita se hacían cada vez más conocidas no sólo en la escuela, sino que también en todo el vecindario, parecía que donde estaba una siempre estaban las otras. 
Llegaban al colegio siempre juntas, volvían a la casa siempre las tres, parecía que entre ellas todo era siempre harmonía.
María y Anita se incomodaban un poco con Arieta pues siempre estaba hablando mal de los otros y siempre quería saber de la vida de los otros. Muchas veces, cuando Arieta comenzaba a hablar, las dos primas arañitas la dejaban hablando sola y María, que era la que tenía menos paciencia, le decía
-          Arieta, no nos interesa la vida de los otros-
Las tres arañitas, además de convertirse en grandes amigas, se habían convertida en las jovencitas más bonitas, sin embargo, ellas estaban tan ocupadas en divertirse, pasear, jugar que ni siquiera se habían dado cuenta de que todos los arañitos suspiraban cada vez que las veían pasar. Un cierto día, Carlitos, que estudiaba en la misma sala que las tres inseparables amigas; se acercó a María en uno de los extraños momentos en que ella estaba sola pues Arieta y Anita habían ido al baño.
-          Hola María, hace tiempo que no hablaba contigo- dijo Carlitos un poco tímido
-          Hola Carlitos- Respondió María, quien estaba con un poco de vergüenza.
El arañito juntó todo el coraje que tenía y le preguntó
-          ¿Podemos ir después a tomar un helado?
-          !Claro!te espero después de las clases – Respondió María un poco tímida.

Lo que ni Carlitos ni María sabían era que sin ellos darse cuenta, escondida detrás de una pared, quien había escuchado todo era Arieta, que cuando los vio conversando sintió unas ganas irresistibles de saber de lo que estaban hablando. Arieta salió corriendo buscando a Anita para contárselo todo.
-          ¡Anita! ¡Anita! Gritaba Arieta como una loca
-          ¿Qué pasa?-  Dijo Anita muy asustada- ¿Has visto un fantasma?
-          ¡Mucho más serio! Tengo que contarte lo que Carlitos y María estaban conversando.
-          Arieta, ni a mí ni a ti nos interesa la vida de mi prima, ella puede cuidar de si misma- dijo Anita con mucha sabiduría – Y si quieres un consejo creo que es mejor que pares de ser tan chismosa.

Arieta se enojó un poco con todo lo que Anita le dijo, principalmente porque no la dejó contarle la noticia más importante del siglo: Sobre la cita de Carlitos y María. Pero ella no iba a conformarse y rápidamente vio que un grupo de chicos estaba en la puerta de la sala de clase; el hecho de que no conocía ni el nombre de todos los del grupo no le impidió de decirles:
-          Chicos, les tengo una nueva: ¡Carlitos le va a pedir a María para que sea su novia!
Y  fue así que empezó el rumor. Todos los que le contaban a alguien sobre lo que Arieta había dicho le colocaban un ingrediente nuevo a la historia. Al final de la clase el rumor se había transformada en una verdadera novela.
-          María, ¿puedes venir acá un poquito por favor? -  Dijo la profesora de las arañitas. María sin entender mucho lo que estaba pasando se acercó hasta la maestra
-          María, sé que los chicos pueden ser un poco odiosos, sin embargo, no es justo que sólo porque estás con un poco de celos de que Carlitos haya hablado con Arieta, le hayas dado una cachetada en el patio, delante de todos los amigos.

-          ¿ queeeeeeeeeeeeeeeeé? Dijo María muy irritada. – ¡Eso no es verdad!, ¿Quién fue la chismosa?- su mirada ya se dirigía hacia Arieta, pues ella no tenía ninguna duda de que su amiga estaba involucrada en esta mentirilla que fue creciendo y creciendo y creciendo hasta convertirse en un verdadero drama.

-          Profesora, eso es una gran mentira. Carlitos sólo me invitó a tomar un helado después de la clase ¿No es verdad Carlitos?

-          Sí, claro – Respondió el arañito, que estaba más rojo que un tomate.


-          Arieta ¿tú eres la responsable de este mal entendido? Preguntó la profesora

-          Maestra, yo sólo le conté a los chicos lo que yo escuche – dijo Arieta llena de vergüenza.

No había sido Arieta quien había inventado ese drama, pero como ella ya tenía la fama de ser chismosa, tuvo que cargar con las consecuencias.
Nunca se había visto a Arieta la arañita, tan triste como durante esa semana. Ni María, ni Anita, ni Carlitos ni ninguno de los chicos del colegio querían hablar con ella ni estar cerca de ella pues todos tenían miedo de que ella les inventase algún chisme.
Un día, muy temprano por la mañana, Arieta llegó llorando hasta la habitación de su madre.
-          Mamá, no quiero ir más a la escuela- le dijo Arieta mientras lloraba y sollozaba.
-          ¿ Qué sucedió Arieta? Hace días que te veo muy triste.  Cuéntemelo todo
Y Arieta le contó todo lo que había sucedido. Al terminar, la madre aconsejó a su hija
-          Arieta, desde pequeñita tu papá, tus hermanos y yo te hemos dicho que no puedes ser tan chismosa y que tienes que aprender a guardar secretos. Sabíamos que en algún momento esto te haría sufrir. Creo que debes pedirle disculpas a tus amigas y debes pensar mejor si vas a continuar con estas actitudes.

-          Tienes razón mamá, voy a cambiar y la primera cosa que haré será conversar con mis amigas. Y la pequeña Arañita salió corriendo hacia la casa de las arañitas.

Las tres amigas llegaron juntas al colegio nuevamente, todo había vuelto a lo normal. Arieta había entendido que si quería mantener la amistad de las personas ella debería inspirar confianza.  
Arieta había aprendido la lección y desde ese momento empezó a preocuparse más con sus problemas y menos con la vida de los otros.